lunes, 16 de julio de 2012

LA IMAGEN DE LA MEMORIA

Por Raúl Soto, Realizador audiovisual.
Texto leído en la clausura de la 2da muestra de video comunitario LA IMAGEN DE LA MEMORIA

A partir del ensayo de Maricela Portillo Sánchez, “Opinión pública y democracia. Dos miradas: El modelo normativo de Habermas y el modelo psicosocial de Noelle-Neumann”, del ensayo del profesor Jorge Bonilla, “De las voces oblicuas a la palabra pública” y el propio ensayo de Elisabeth Noelle – Neumann, “La espiral del silencio, una teoría de la opinión pública”; quisiera escribir sobre la reciente muestra audiovisual “La Imagen de la Memoria 2011” que se presentó en la ciudad de Medellín y cuyo eje principal fue la voz de las víctimas del conflicto armado colombiano.
Centraré mi esfuerzo en estudiar las posibilidades que tienen estos eventos referidos a las victimas que ha generado el conflicto armado colombiano de configurarse como temas de opinión pública y de qué manera estos discursos se mueven en la esfera pública, para indagar por la suerte que tiene la versión de las víctimas como parte del relato del conflicto.

La muestra audiovisual “La Imagen de la Memoria 2011” es una apuesta en la cual se han inscrito un número significativo de realizadores audiovisuales, abogados, defensores de derechos humanos, ONGs, y mucha gente del tercer sector social en general. Dice la programación que circuló este año del evento, “La Imagen de la Memoria se ha venido constituyendo, esencialmente en un escenario para la recuperación de la memoria histórica desde la palabra y la imagen, desde el lenguaje barrial y la voz de los excluidos”. 


Varias de las proyecciones realizadas en el evento tuvieron buena acogida, como lo fue el caso del documental “Impunity” de Hollman Morris y Juan José Lozano (2010) que se presentó en la biblioteca Pública Piloto y el relato “12 años sin Jaime Garzón” de H.I.J.O.S. Colombia (2011), otros videos presentados en los barrios como “Amarga noche buena” de José Leonardo Castaño y Luis Fernando Marin (2011), “Mientras no se apague el sol” de Pascale Mariani y Romeo Langlois (2008 ) y “Ana Fabricia Córdoba, en su memoria” de Producciones El Retorno (2011) apenas si contaron con algo de público. En general la participación de los conversatorios fue mínima en lugares que no hacen parte del circuito tradicional de las organizaciones defensoras de derechos humanos. No son muchos los que se atreven a hablar públicamente de las victimas en la ciudad de Medellín, lo hacen el sector académico, los activistas y defensores de derechos humanos, algunos políticos, lo hacen los medios en relatos medidos de acuerdo a una intensión editorial y poco lo hacen las propias víctimas. Al parecer estamos ante un caso típico de la “Espiral del Silencio” de Elizabeth Noëlle-Neumann, cuando la opinión que prevalece en la ciudad induce a pensar que hablar del conflicto es hacer parte del conflicto, que hablar de victimas es peligroso en Colombia, que la posición para hablar del tema es la de los “vencedores”, en este caso el Estado y el Ejército Colombiano. Una opinión que ponga de manifiesto las crueldades del conflicto y que confronte la posición del Estado puede conllevar al aislamiento social. El estigma que prevalece hace acallar muchas voces de identidad con las victimas y de las victimas consigo mismas. “La mayor o menor disposición de un individuo para expresar abiertamente una opinión influye en su apreciación del favor que hallan las opiniones que suelen exponerse en público” (1).

Los relatos del conflicto no son relatos fáciles de digerir, no entretienen como lo proponen los cánones que rigen la televisión o los lugares de exhibición audiovisual, ellos contienen verdades ocultas de un pasado reciente que todavía arde entre las victimas y los victimarios, sus historias sucedieron de espalda a la mayoría de los colombianos, sus consecuencias no son del todo claras entre la mayoría, para muchos el conflicto existe como una versión ajena y lejana, que se maneja desde las noticias que informan pero no profundizan, de ello apenas si se habla y en voz bajita como lo dice Jorge Bonilla “pensar en procesos de verdad, justicia y reconstrucción de la memoria colectiva que pretende ajustar cuentas con un pasado de violencia pasa por la necesidad de desatar las voces ocultas y las memorias atrapadas por el miedo y el silencio mediante formas de acción política y cultural que posibiliten la visibilidad del discurso oculto en la esfera pública” (2) de los colombianos.
Sin embargo, más allá de la esfera pública predispuesta por los poderes convencionales, como lo indica James Scott, “a pesar de que el proceso de dominación produce una conducta pública hegemónica – de exhibición, disciplina y vigilancia -, dirigida a monopolizar la interpretación de los hechos, sus “muros de contención” son más bien móviles y porosos. En ellos también habita un discurso oculto, el de los dominados”(3), que circula en un tono bajo, de verdades que no se pueden decir en voz alta, que no tiene transito por los grandes canales de la información y es estigmatizado, ridiculizado o menospreciado por el poder. Este discurso oculto a ratos es potenciado por realizadores y periodistas, que con riesgo y convicción lo hacen visible para complementar de sentido aquello que fue acallado, silenciado y oculto, y así evitar que caiga en el olvido, y si sea sometido al escrutinio público y haga parte de nuestra memoria.

Sin la existencia de “otras voces” apartadas del poder, capaces de reproducir y de re-significar la historia de Colombia, fenómenos como el del paramilitarismo gozarían de gran aceptación en la sociedad. Y me remito nuevamente a Jorge Bonilla cuando dice “Si por algo se caracterizó la presencia del paramilitarismo… fue por el control que ejerció sobre sus visibilidades no deseadas, esto es, las visibilidades que desnudaban a sus comandantes, recursos y redes de poder como agentes de terror… El efecto de sentido de las organizaciones paramilitares en los distintos medios de comunicación, así como su influencia en las agendas de información, sobre todo regionales, donde su poder ha sido más avasallador, no hay que buscarlo en lo que de este poder se mostró a la vista de todos, sino en lo que se ocultó o se dijo a medias” (4).

Las aguas de la historia reciente de la violencia en Colombia aún no son claras. Una oposición fuerte y hegemónica establece para quien habla de lo que no se debe hablar el aislamiento. Esta oposición buscará acallar y restarle valor a la voz que se alza desde las victimas de la violencia. En nuestro país, la búsqueda de justicia aún no tiene suficiente respaldo en la opinión pública, para garantizar que la verdad salga a flote y se mantenga expuesta, la justicia es un lujo que está lejos de los sometidos.
Un trabajo continúo de confrontación mediática, de investigación académica, de denuncia, de reconocimiento, de reparación y de movilización ayudará a romper el cerco de la impunidad. Los trabajos expuestos en la segunda muestra “La Imagen de la Memoria 2011” nos conllevan a pensar que en nuestro país no existen aún las condiciones para hablar abiertamente de las consecuencias que tiene el conflicto armado en la población civil. Como dice Gonzalo Gómez Sánchez, “si queremos pensar en procesos que permitan recomponer las relaciones de poder, reconstruir los duelos suspendidos de los humillados, conjurar el olvido y avanzar hacia procesos de reconciliación nacional, habría también la necesidad de indagar por la puesta en público de las palabras de los oprimidos” (5).


Bibliografía
  1. Noëlle-Neumann, Elizabeth, Wolton, Dominique y otros. El nuevo espacio público. Ed Gedna. España.1998. pag 203.
  2. Bonilla Vélez, Jorge Iván. De las voces oblicuas a la palabra pública. Una mirada a la(s) esfera(s) pública(s) en contextos de violencia. Universidad Eafit. Pag 2.
  3. C. Scott, James. Los dominados y el arte de la resistencia. Ed. Era. México D. F. 2000. Pag 137-202.
  4. Op cit. Pag 13.
  5. Sánchez, G y Wills, M.E. (Comps). Museo de la memoria y nación. Ministerio de Cultura. Museo Nacional. Bogotá D.C. IEPRI.2000.


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